Como siempre, vivían esperando la noche, disculpando las horas, arrancando sus hojas rápidamente.
El, como si eso estuviese entre sus deberes de amante, tocaba el piano al atardecer, pero cada vez con menos gana y escarbando largo rato, como perro que ahonda en la tierra, en el montón de partituras deshechas, desencuadernadas, mal barajadas por la desidia.
Ella le perdonaba los gestos preliminares y los gestos finales por como necesitaba aquella música para prepararse con ideal egoísmo para gozar el ocaso y la noche:
—Si yo fuese poetisa escribiría una poesía que se titulase «Las naranjas del ocaso» y pintaría a todos los que saborean el ocaso desde las ventanas, como gentes que muerden y chupan naranjas vespertinas...
—Eso sería muy pornográfico—respondió sin respeto a la pulposa idea aquel hombre en que cada día brotaba más el sochantre alevoso.
Pero Palmyra tenía ya la fuerza de sobreponerse a toda chabacanada.
Lo peor era cuando tenía que oir las confidencias imprudentes del «genio arrebatado»:
—Todos hemos tenido, te lo diré yo con más franqueza que nadie, una prima de perfil muy fino y de lindeza muy singular, de la que no pensamos ser nunca esposos, pero que al encontrarla en ti desnuda y suave, entregándonos sus secretos, nos ha llenado de una dicha sobrenatural... Nadie nos habrá podido dar más placer...
—¿Con que una primita muy linda en la que no pensásteis nunca?...
—Y que, sin embargo, ahora resulta que es en la que pensamos siempre.