—Es raro eso... Por lo visto tu amor es un amor que inicio yo, pero que no se inicia en ti... Tendré perdida por lo tanto tu constancia...
—No... No es eso... He querido ser sincero contigo y descubrirte los orígenes de mi cariño, y veo que hasta contigo me he equivocado, que eso está prohibido en todos los amores.
—Tienes carne de pescadora lisboeta—la decía otras veces.
—Explica, explica ese cumplimiento—decía Palmyra entre enfadada y satisfecha.
El pianista entonces contaba cómo desde niño había admirado a esas pescadoras de carnes muy blancas y frías, carnes de lubinas humanas que pasan por las calles de Lisboa mostrando su belleza como de mármol por como no la deteriora ni la pobreza ni la vida trabajadísima, ni el andar descalzas. De adolescente no tenía otro ideal que casarse con una de ellas si lograba que le quisiera.
—Pues probablemente yo no procedo de ninguna pescadora—repuso Palmyra.
—Pero es posible que alguna pescadora proceda de los tuyos... Hubo un tiempo en que eran hijas de reyes—contestó el pianista.
No se la olvidó a Palmyra aquella imagen; pues encontraba que era verdad, que en su blancura había calidades marinas y empalidecimientos debidos a ser de una especie cara, cortesana, siempre tratada en princesa y alimentada y sostenida en los palacios de los bastardos.
Pero Palmyra conseguía olvidar las estrechas confidencias asomándose a la terraza del atardecer. Su resarcimiento estaba en el anochecido. Estaba junto al hombre, necesitaba al hombre, pero sólo la curaba de él el asomarse a la perspectiva de su Quinta.
Todo se acaracolaba en el fondo del campo.