La borregada verde de los pinos embestía hacia el mar. Se veía que hacia allí había que orientar los pensamientos.
El faro ya lucía como si tuviese un destello de sortija monumental, la sortija que sólo reluce un momento cuando se lleva la mano al bigote o desenvuelve el periódico el farero.
Todo el mar admiraba aquella sortija de brillos intermitentes según daba en ella la luna.
Cenaban. La velada se envoluptiosonaba. Dejaba que se insinuase la noche y la metiese envidia de desembozar la cama.
Tenía algo de ofrenda a la noche aquel levantar las sábanas frente a toda su expectación.
Era allí más verdad que en ningún sitio—si cabe decir eso—el acto de acostarse.
Toda la noche venía a cantar silenciosos cantares alrededor de la Quinta.
Andaba sobre la alfombra felpuda de pelos largos, como Eva por la pelouse del paraíso.
Aquel ratillo que al amanecer al día y al anochecer al sueño, tenía Palmyra de andar descalza sobre la espesa y crecida alfombra, le dejaba al pianista un regustillo de entrevisión primera del mundo. Quizás ese ápice de la antigua visión repartida entre los hombres, se encalabrina de nuevo como sólo se encalabrinó al ver a Eva sobre la yerba suave del paraíso, peinando con sus pies el terciopelo velludo de la primera pelouse.
La ola lejana rizaba los peces.