El faro ponía una lágrima de luz en los ojos que lo miraban. Su fanal, con tipo de gran filtro, destilaba la noche en el laboratorio de la pureza nocturna.
Y Palmyra, en la solemnidad de aquellas noches, se desataba los lazos rosas de las hombreras de su camisa de niña.
XXI
TARDE DIÁFANA Y FINAL
El pianista, como hombre acostumbrado a variar de ciudad, tenía el ansia de irse a otro sitio a continuar con sus conciertos de amor, así como con sus conciertos de música.
Otro prisionero que quería escaparse.
Como no se quiere oir sobre la almohada el latido del corazón, así los hombres no querían oir en aquella soledad el latido absoluto de su vida, el sentido claro de su existencia.
Les hacía mal efecto el oírlo clarísimo, pertinaz, dejando troqueles de sí mismo en todos los parajes.
—Demasiado yo mismo... Demasiado ella misma...—se decía el aislado sin acabar de desperezarse en todo el día, con los ojos turbios y chicos.
Era una tarde tan diáfana que estaban en la terraza.
—Ese chalet me da siempre pena...