—¿Por qué?

—Por ese cristal combeado que tiene en el mirador... Le da la luz de una manera que siempre parece que está llorando.

El pianista optó por su distracción embrutecida de hombre superior y no rió de la gracia de Palmyra. Aquel virtuoso del piano en la hora definida por alguien como la del «ocaso de los virtuosos» en honor de las grandes pianolas, tenía grandes terrenos rocosos en el espíritu.

Entró en el jardín uno de esos caballos negros que van vestidos con un atarre de lienzos blancos, completamente abrumados bajo la carga de piezas enteras; los caballos más limpios y ungidos del mundo, medio caballos medio nobles comerciantes, si el noble comerciante fuese posible.

Con el palo del metro al hombro tenía el que guiaba la buhonería un aire de boyerizo.

El caballo negro se volvía más negro bajo el comercio de puntillas y grandes sábanas que eran matrices de camisas, pantalones y demás ropa blanca.

—Mía señora, «lenzoes» de puro hilo...

Para la herida eterna de lo que se va descomponiendo y muriendo, allí iban hilas, vendajes, gasa para los apósitos.

Todas las ventanas de la Quinta pedían que la comprasen lienzos nuevos.

Palmyra siempre compraba algo: un encaje, un mantelito, una puntilla, sólo por ver cómo soltaba sus riquezas el buhonero y descansaba su noble caballo negro del pesado corsé cuajado de telambre.