Aquella cosa episcopal que tenía Félix la subrayó Palmyra aquella tarde en que él, muy beatíficamente, estaba sentado entre las dos palmeras de alto plumero que se elevaban sobre la terraza.
—Pareces el Papa entre los dos altos abanicos de pluma que siempre le rodean...
—Pero sólo soy un modesto organista resignado.
Los ovillos de golondrinas jugaban alrededor del palacio.
Ella le miraba por ver cómo le complacían aquellos mimos del paisaje.
Nada. Su abstracción era la del que quiere marcharse. Esparaba no sabía qué cosas del mundo. Quería asistir a las fiestas en que se bebe una copa de champagne.
Tenía amigos a los que no había acabado de olvidar y sobre los que tenía de triunfar. Debía tener alguna amiga, cuya cita después de la ausencia, le tentaba.
Félix no hacía más que acariciar su gloria.
—¡Ah, mi gloria!
Palmyra, desde su gran dulzura, había aprendido a ver que en los hombres hay unos maniáticos exacerbados y terribles.