—¡Ah, mi gloria!—repetía y su gloria daba una gran intranquilidad inútil a aquella vida, la intranquilidad estéril y enferma de la fiebre.
Corría un aire suave, un aire de llamada.
Los vientos se meten en el rincón más refugiado de la casa, pero los aires suaves llaman, son la resaca que lleva a los países a los que se está un poco rehacio en ir.
Aquellos aires suaves que sólo despelusaban los árboles y movían los «moirés» del boscaje, no la gustaban a Palmyra porque eran llamadas cuyo apremio sabía.
—No tengo tristeza humana esta tarde, pero tengo tristeza—dijo ella.
—¿Pues entonces, de qué clase es?
—Tengo la tristeza del primer pino en que comienzan los pinares junto a las playas...
—Siento no sentirme yo otro pino para poderte consolar...
—No tiene consuelo esto... Prefiero desconsolarme más... Toca algo, algo triste...
—No seas egoísta... Estoy cansado... No es éste el momento...