Armando seguía afanosamente la preparación de sus maletas. Todo lo tenía arreglado desde hacía días. Sólo la dejaría unas cuantas hojas de Gillette desparramadas sobre las mesas y los mármoles como tarjetas de acero del hombre.

—Vete fuera si has de llorar tanto... No puedo consolarte si he de hacer las maletas... Se me olvidará todo...

Palmyra salió de la alcoba.

Armando estaba apesadumbrado.

Era como el que guarda en la maleta los pedazos del cadáver de su víctima.

Había que ser un niño o una mujer para adaptarse a aquella tenue resignación de la Quinta, que era cárcel venturosa de la intimidad humana.

Había que saber desposarse con los muebles, con las cornucopias, con las columnas salomónicas como sólo sabe hacerlo una mujer.

Había que poder saborear esa dulce paz que hay en los sofás en que el alma del mundo se sienta, desmayándose el tiempo en su pliegue ideal.

La Quinta ofrecía el día indeterminable que no necesita paseos ni nada, pero él no los podía soportar.

Las maletas hechas, Armando llamó a Palmyra.