—Despídete de mí como si fuera a volver dentro de un rato... Eso es lo que va a pasar.

—No puedo... No puedo—decía ella llorando—, me matarán las saudades de un solo día sin ti...

Tenía que desprenderse de ella violentamente. Hubiera querido evitar que sucediera eso.

Tomó el coche corriendo, como el que va a llegar tarde, yéndose con una hora de anticipación.

Hizo que apremiase los caballos el cochero para no tener que devolver saludos finales de marinero a la ventana a que ella se asomaba y por la que parecía irse a tirar.

Aquella noche durmió en el hotel de Lisboa con ese temor a no despertarse a tiempo que ocurre antes de los viajes en que se huye.

Se despertó y salió en el tren casi vacío, en cuyo camarote sus reflexiones se recrudecieron. Era libre, respiraba a gusto, pero no dejaba de darse razones para consolar su arrepentimiento.

¡En qué día más feo le tocaba viajar!

Con una temperatura más bondadosa le habría entrado una llantina como aquella en que se derretiría Palmyra.

Cerró las ventanillas. Se quedó el vagón sordo.