Los eucaliptus de las estaciones se destrozaban en el viento. Iba a salir de Portugal de un momento a otro.

Entró en los valles plácidos a que aún no había llegado la lluvia.

Iba con un señor serio y melancólico que debía vivir en otra Quinta en medio del campo.

«Yo me hubiera convertido en un señor como éste», se decía Armando. Aún le quedaba una envidia de cómo hubiera podido vivir. Le obsesionó aquel caballero parte del viaje, hasta que en una estación sin nadie avanzó un criado de patillas, que, con el sombrero en la mano, tomó su maleta y la metió en un coche de dos caballos. Después echó a andar, y al pasar frente al paso nivel volvió a verle esperando que el tren pasase. Le pareció mal que no hubiese tenido influencia para pasar antes que el tren.

El tren hacía árboles, hojarascas de humo.

Se veían pastores en medio del campo. «Mientras haya pastores...»—se decía Armando con retinencia optimista, pues en los viajes se ve la estabilidad duradera de todo.

«En la tarde del tren se comprende la tarde prehistórica»—pensaba en la soledad genial del vagón, con genialidad que le es propia.

Iba hacia los días obscuros en que se está como en los profundos estanques del invierno, allí en España.

Dejaba aquellas mañanas en las que aparecen vivas, recortadas sobre un límpido cielo azul, las balaustradas del buen tiempo. Iba a cambiar el mundo que es alegre en su inmensidad, por el que es alegre en los chamizos, en los «cabarets», en los cafés.

Aquellas mañanas portuguesas tenían siempre una punta de sol o varios cuchillos de sol, aun los días nublados. La claraboya del mar también era luminosa siempre.