«¡Si no lloviese tanto!»—se decía Armando para contradecir su nostalgia, que era demasiado amorosa, tan amorosa que le reprendía, diciéndole: «Podrás estar sobre lagos de lluvia, pero siempre en lo alto, junto a la luz, no como en aquel Madrid que se sumerge y sólo vive con empuje la luz artificial de los «cabarets».
Iba atardeciendo cada vez más, y Armando veía en su recuerdo el panorama de los alrededores de la Quinta.
Los hotelitos en la tarde obscura quedaban a flote, como barcos amarrados en el puerto seguro.
Los pinos llevaban una vida platónica en lo alto del monte. Todo tenía la placidez de lo que disfruta luces y vacaciones amenas entre dos muertes: la del nacer y la de morir. Todo aprovecha el interregno.
La noche vino, y Armando se perdió en el sueño pesado de los viajes. Ya estaba corriendo por España camino del Madrid que quebranta los huesos, pero cuyo suplicio quería vivir.
XI
LA SOLEDAD INAPETENTE
Palmyra se quedó anonadada, pero sintió la sospecha que cerró sus lagrimales. Volvió a encararse con aquel detalle de la huída de Armando y que ya la hizo desconfiar en el momento del viaje: «¿Por qué se había llevado todas las cosas?»
«Y retrato mío, ¿se habrá llevado alguno?» Buscó todos y hasta encontró el pequeño para el que Armando, en la época de las galanterías, encargó un marquito de brillantes en Lisboa y tenía siempre delante en su mesa de despacho.
—No tendré ninguna carta de él—se decía Palmyra, dándose cuenta de la crueldad necesaria en la huída. Para borrar su arrepentimiento le olvidaría por completo. Nunca jamás volvería a hacer aquel camino de vuelta. Procuraría que fuese muy vago el recuerdo de todo.
Se volvió a sentir Palmyra en las playas últimas de Europa... Se acordaba de lo que decía Armando con cierta tristeza: «Aquí se ve el último momento del ocaso que ve toda Europa... Nosotros lo despedimos en el último puerto, cuando ya se va decididamente al otro mundo».