¡Si ella supiese no mezclar su alma a los amores y ser algo así como la dama que hospeda en su casa al elegido sin temer verle partir!
Aquella Quinta era enemiga del amor constante; pero era encantador refugio para el amor apasionado de unos meses.
El alma tensa y apasionada de Palmyra se negaba a consentir eso. Tenía el deseo de inmortalidad que padecen las almas nobles.
Quiso conformarse con la Quinta, y la comenzó a vivir más intensamente. Cada nuevo día sin carta de él, la hacía más desengañada.
Estaba el jardín abandonado. En las plazoletas había crecido la hierba; del estanque había que sacar los cadáveres del tiempo, los cadáveres de los cinco o seis años que no se limpiaba, las barbas del dios de las aguas.
Aquella limpieza del estanque fué para ella como un alivio. Todos los posos que habían dejado en ella sus amores últimos salieron con aquel desarraigo de las verdosidades acuáticas. La limpieza de la matriz del estanque fué también una limpieza para la suya.
Las noches de luna la cogían en las terrazas. Aquellas noches de luna la fosforecían el alma y se la engatusaban más. Brillaban las claraboyas y los cristales como si algo en el paisaje pusiese los ojos en blanco.
¡Su corazón! Estaba desorientado y vacío. Lo único que necesitaba era cierta limpieza y una entrada en los nuevos amores discreta, bien llevada, bien dicha.
Palmyra daba vueltas a las habitaciones solitarias, encendía luces, buscaba. ¡Gata desalada!
No había remedio. Comprendió todas las razones y las excepciones; pero insistía en encontrar al que la acariciase en ese único día—todos los días el único—en que se movía la vida.