¡Qué noches más largas! En la Quinta no se podía vivir sola. Todo era inútil, muerto y los rechinamientos de su cama eran burlones.
Palmyra estaba como sorda en la Quinta. En sus paseos en milord buscaba el rincón del coche y se reclinaba allí con gesto displicente y desdeñoso. Se calzaba y enmediaba demasiado bien para permanecer sola.
Dialogaba consigo misma como varón y mujer. La entraba esa duplicidad sensual en que la mujer, si pudiera, crearía al hombre. ¡Y qué hombre la saldría: apuesto, violento, cumplidor! Daría miedo en su relación con los demás hombres.
Ella.—Sí, me he desnudado delante de ti como delante del espejo que puede atraparme.
El.—Déjame, señora, que primero te acaricie sobre los encajes.
Ella.—Sería la alcoba triste sin ti.
El.—Levanta un poco tu camisita como en el antiguo can-cán.
Ella.—Lo que tú quieras... Haré como que paso el río del amor.
El.—Eres blanca como el delirio, y los sitios en que el escultor de tus piernas metió el dedo creó sombras que acaban de exaltar tu dulzura...
Ella.—Ya quería yo, ya, que alguien fuese justo con mi blancura...