El.—Tus hombros son los hombros del ánfora, en que resbala la forma.

Ella.—Acércate... Cógeme como un ánfora.

El.—Tus sábanas están limpias como una virginidad...

Ella.—Tengo un cuadrante de pluma para ti... Yo no necesito más que uno...

El.—A mí me basta la almohada... Tu cabeza es la que necesita tener un trono sobre el lecho.

Ella (apagando la luz).—Ven...

En la sombra el sueño se prolongaba, pero el diálogo se iba durmiendo en un monólogo con sordina.

De las esquinas de la cama, con sus remates en forma de quilla, salían los cisnes ledos que buscaban a Leda.

Pero ella ya no tenía fuegos para sostenerse atenta a sus pensamientos, y se dormía baldía.

A la mañana siguiente recomenzaba la tragedia solitaria y recorría los jardines de la Quinta como la protagonista de una novela que no encontrase la continuación de su argumento. Se asomaba a la verja de la puerta siempre como «la protagonista y buscaba el belvedere estilo portugués de la esquina del tapial para asomarse tranquila en otra orientación extrema.