Se pasaba largos ratos echada sobre los almohadones, dóciles como gatos que permitiesen recostarse sobre ellos. Parecía una convaleciente cuya sangre se va tornando roja muy poco a poco.

Se quedaba mirando los gruesos pendentif de las arañas, ese gran brillante que cuelga como su último remate.

En aquellos días de perdición en la Quinta—de mucha más perdición que lo que se llama perdición en el amor—hasta entró en la biblioteca. Se escondía allí para que el tiempo no la encontrase tan demasiado en medio de los grandes salones.

La daba melancolía la biblioteca. ¡Cuántos antepasados tenían que haber muerto para dejarla a ella aquellas estanterías con libros inesperados para sus manos, pero que la pertenecían!

Las señales que se veían en algunos tomos salientes como orejas perspicaces la daban una sensación de las manos y las inteligencias muertas, de cómo aquella asociación de datos que buscaba la señal, ya sería siempre inútil. A veces había ido a quitar todas las señales de los libros, pero la dió pena estropear aquella labor y borrar lo que ingenuamente esperaba que volviese el que señaló el libro.

La esfera armilar la ponía triste. Hasta una enfermedad de esas que se curan tomándose esféricos depósitos de termómetro era preferible a aquella soledad con la esfera armilar.

Aquella esfera la daba la emoción infinita de un modo confuso y apenas inteligible para su puerilidad. Era como el esqueleto del Universo que la hacía microscópica, inexistente, polvo vil.

La sobraban los libros; todos eran como tomos de medicina en un sitio en que se está sano. Prefería, a leer, mirar por el balcón al mar.

Los libros, eso sí, daban sustancia a la biblioteca, cuyo balcón la gustaba más que los otros, precisamente por eso, porque los libros mejoraban el arrobo de la habitación, su resguardo.

La gran esfera terrestre, que tenía que sostenerse sobre el suelo porque no había mesa ni estante que la sostuviese, era como el reflejo en convexo de la idea de la naturaleza lejana y complicada que se veía por el gran ventanal.