Los mares de la esfera, sobre todo, se volvían verdaderos y anchurosos en aquella proximidad al mar inmenso. Era como si se desbaratasen y se escapasen a la red de sus meridianos y se vertiesen sobre el verdadero mar.
El cinturón de cobre y la cerviz, también de cobre, que envolvían a la esfera enorme, daban al mundo un aspecto formidable.
Palmyra, quieta y asentada durante un largo rato, volvía a sentir la desazón voluptuosa, y dando un salto huía de la biblioteca.
XII
AL CASINO
En aquellos días recibió una invitación del Casino de Ardantes.
Era una invitación como otras muchas que había recibido antaño: «A charming festival in honour of the British Colony of Ardantes to be held in this Casino, the Direction has the great pleasure, etc.»
Nunca había querido ir a aquel Casino en que no se sabía qué gentes jugaban a los juegos prohibidos.
Iría dispuesta a traerse un hombre a la Quinta.
Se vistió otra vez con la ilusión de la que no sabe lo que va a pasar y estiró sus medias como se estiran para hacer la conquista.
Hizo el camino a pie. No quiso alborotar la terraza del Casino con la llegada de su coche. Podría entrar mucho más disimulada y dejar con más desparpajo el bastoncito sobre el borde de la mesa de juego mientras abría su portamonedas con gesto de bolsista jugadora.