Pasó por entre los chalets, cuyas ventanas respiraban el aire embalsamado con la misma vagarosidad que los peces el agua.

Las casas, cubiertas de verdor, se daban tono de mujeres con un chal sobre los hombros.

Aquellas casas cubiertas de enredaderas, eran casas que había que peinar por las mañanas. Ella no había cubierto las paredes de su palacio con las mismas morenas yedras por si no podía asearlas con el ancho peine que necesitaban para no llenarse de innumerables bichos.

El nido humano resultaba más nido en aquellas casas cubiertas por completo de hojarascas y llenas de melenas verdinegras.

Palmyra sentía la turbación de la que sale por primera vez al mundo después de una viudez.

Lo malo es que se acordaba demasiado de Armando y de sus palabras.

—Al subir la cuesta los automóviles meten ruido de aeroplanos—había dicho Armando viéndoles subir aquella cuesta que buscaba el camino de los pueblos.

No se la podían olvidar a Palmyra aquellas frases del golfo genial que estuvo preso en el palacio como un bandido del renacimiento, y que, como aquellos aventureros, dejó grabadas para siempre sus anécdotas en las paredes de la prisión.

—Atado en ese sofá estuvo él—sentiría siempre ansias de explicar a los que por primera vez fueran a la Quinta.

—Las cazoletas del telégrafo son palomas ahorcadas—había dicho también, y también era inolvidable para Palmyra que las veía estranguladas por noticias que llevaban más allá, sin dejar ninguna en la Quinta, sin poder sorprender lo más mínimo de las palabras pasajeras.