Pensando despaciosamente en Armando llegó al Casino.
Aquel Casino tenía una gran vida en el verano, sin sillas suficientes nunca para esos invitados de casino que se invitan solos y que no se sabe de qué recóndito rincón han salido.
Se sentó en la mesa de juego y puso sobre ella uno de aquellos grandes billetes que sonaban a papel pergamino escandalosamente.
Su vecino de mesa la miró por la rendija pícara que quedaba entre sus lentes y su sien. La reconocía con desconfianza y con hipocresía, buscando la abertura en su cuello, ese sitio por el que entran las miradas de refilón y se ve una carne quemada que resulta más carnal.
Ella apuntó a cualquier número.
—No..., no ponga usted a ese número, que no ha salido ni saldrá nunca—la dijo el vecino con arrebato apasionado, con aire protector, con verdadera congoja.
Palmyra le miró agradecida por aquella advertencia trémula, y le preguntó:
—¿Pero, por qué?
—Porque yo he perdido todo mi dinero señalando ese sitio... Es un abismo.
—Entonces—dijo Palmyra con la misma voz trémula—quiero ver si le vengo, arrancándole al banquero todo el dinero que le ha quitado a usted...