Así se formó la sociedad de súbita franqueza y de emociones compartidas que había de hacerles volver juntos a la Quinta al final de la tarde de jugadores, después de que Palmyra recuperase parte de la fortuna de Fausto, ingeniero de minas, que ahorraba la mitad de su sueldo y con la otra mitad especulaba, jugaba, se divertía y comía modestamente.
Tomaron el té de después del juego, té reconfortante, cuyo azúcar dulcifica el dolor sufrido y asienta el gusto metálico que tiene el mismo triunfo.
Palmyra estaba encantada de la pasmada galantería del ingeniero, galantería torpe, de hombre que no se considera apto para entrar en la intimidad de la mujer distinguida con quien habla.
No tenía rubor en confesar sus gustos más ingenuos.
—A mí la naturaleza me encanta... Llevo siempre en mi maleta, cuando voy a la ciudad, unos cuantos paisajes que cuelgo de las paredes del hotel...
—¿Y los pinos? ¿Cómo está usted con los pinos?
—Los pinos...—y Fausto se detuvo un momento sin saber continuar; él amaba la naturaleza, la naturaleza en general, pero no había pensado en los pinos... Sin embargo, hizo un esfuerzo... Debía hacer un esfuerzo por decir algo ingenioso... Miró por las ventanas del Casino al campo, y dirigiendo una mirada a los pinos que se veían, dijo:
—Sí...; los pinos son el tupé de nuestros montes...
Palmyra le animó con una larga sonrisa a que fuese ingenioso.
Tomaba Fausto el té con avidez de jugador arruinado, como si encontrase en su líquido dorado el restituyente.