La confesó los pormenores de su casa: «Mi lecho y una gran mesa de pino blanco, llena de los puntazos de los chinches, naturalmente de los «chinches» limpios».
Cada vez le veía Palmyra más posible: la primera noche como huésped extraño, y después un poco dueño de todo, colocando las cosas en distinto sitio, acercando su butaca al balcón.
—La acompañaría si no perdiese el tren...
—Acompáñeme a la Quinta y cenará usted conmigo... Como no pensaba retirarme tan tarde, no he pedido el coche... Pero no hay mucha distancia.
Salieron del Casino... El camino era el camino campestre, largo, con muchas revueltas, con humo de hojas amontonadas en pequeñas piras que ardían en las cunetas como si el ocaso hubiese dejado incendiados todos los matojos.
«El camino va a bastar», pensaba Palmyra. «Este es el de los amantes de la naturaleza que sienten ganas de besar en medio de ella».
En efecto; en la revuelta del camino en que ya no se vieron casas blancas, Fausto, como si ya no le viese nadie, sin pensar en que le veía ella y en que se podía resistir, besó a Palmyra con beso que resbala, que da un tropezón en el rostro y que buscando la mejilla cae en la barbilla o se queda colgado de la sotabarba.
Palmyra aceptó aquel beso, diciendo con falsa ingenuidad de mujer que no quiere que de ningún modo retrocedan las cosas...
—Sí... Realmente no nos ve nadie...
—Estábamos demasiado solos... No se puede llevar a un hombre apasionado por un camino tan solitario a esta hora...