—Lo malo—dijo ella—es que todo el camino es tan solitario y es muy largo...

—Tengo besos para todo el camino, por largo que sea.

—Es usted un besador de caminos, en vez de un ingeniero de caminos...

—Soy más; soy un salteador de caminos.

—¡Qué miedo!—dijo ella haciendo un mohín.

El resto del camino fué dichoso. Ella tenía ganas de volverse a encontrar como objeto de goce, como intriga para el ansia y la curiosidad.

A veces le tenía que decir:

—Espere... Soy la dueña de mi casa, y en mi Quinta soy Cleopatra, dueña de Egipto...

Ella prefirió aquel atrevimiento, desde luego, en la opulenta sinceridad del camino, como caza clandestina en medio del campo, con anhelos de chico que ha encontrado un nido, apagando así el vivo deseo de llevarla pronto a casa, donde sucede el epitalamio después de la cena, mezclándose al arrebato del vino y de la carne.

Fausto entró en la Quinta con timidez. Siempre se sospecha que la mujer sea la cruel reina que prepara la encerrona al hombre para matarle. Cuando se cerró la puerta de la Quinta, que sonó a cierre de gran jaula, volvió la cabeza desconfiado.