Pero le dió confianza ver al final del paseo de grandes árboles la casa de tipo noble y señorial, la clara casa portuguesa como ensueño de una lluvia clara.
Tenía cierta timidez de entrar en aquellos recintos en que, si no el padre, la sombra del padre se albergaba y les vería pasar por los pasillos como en plena ilegitimidad.
—Otro cubierto en la mesa—dijo Palmyra a su vieja doncella—, y prepárenle el cuarto de los huéspedes... El señor se llama don Fausto, y es mi primo el ingeniero...
Fausto tasaba lo que había de cinismo en las frases de Palmyra, pero también tasaba que aquello no era usual, que se veía que no acostumbraba a guardar allí al hombre elegido...
El ingeniero atisbaba la altura de techos de las habitaciones, sin pasar de ese asombro con que le contagian al hombre modesto y habitante de las casas bajas de techo las grandes proporciones del palacio. Se sentía apasionado por Palmyra. No había visto nunca nada tan deslumbrador y generoso.
Ella sentía la alegría de estar ya acompañada, y se hacía la ilusión de que hacía tiempo que había excitado a que volviese a este amigo antiguo que, por fin, había llegado aquella noche.
Ya tenía quien la observase de nuevo, ante quien ser nueva e insospechable, así como tenía al hombre de quien esperar los despotricamientos más extraños del instinto y las seriedades más curiosas.
—Mañana enviamos a su casa por el tablero, las cajas de compases y ese platillo blanco en el que se moja el tiralíneas como un pájaro en su bebedero. Mi padre también era ingeniero.
Fausto dejaba proponer. Estaba admirado, y aun en la alcoba trató a aquella mujer como quien la da el brazo para ir al comedor.