El solaz de la Quinta aumentó. Después de la lluvia deseada brotó en la plazoleta del edificio la serenata de perfumes de todo el jardín.

El ingeniero, sin que eso supusiese que estaba preocupado por las cifras exageradamente, tenía la costumbre de hablar por números más que por palabras. Perdió pronto la idea de su deber de convivencia, manteniendo las ilusiones que provocaba la Quinta.

Miraba por el ancho ventanal y seguía sus planos y sus cálculos. Palmyra le miraba asombrada de su inconsciencia. Por él mismo más que por ella le hubiera recomendado un poco más de amor. «Desgraciado—se decía ella—, no conoce la farsa de la vida... Cree que conseguida la mujer no necesita hacer más».

En vista de que le vió laborar en una labor tonta y sórdida, se puso a coser. La hubiera prostituído el que aquello hubiese sido demasiado breve. Tenía que aprenderse más a aquel hombre y agotar su psicología.

Tenía mucha miedo a que en su imaginación se volviese confusa y casi irrecordable la silueta de un hombre. Entonces sí que se podría decir que había comenzado a ser una mala mujer.

Veía en él al chico que ha crecido en plena inconsciencia, dedicado como un colegial a su caja de compases. No se entregó a ninguna novelería. Se creía indudablemente en unas vacaciones de colegio, con una señora simpática y cariñosa, a la que apenas conocía.

Al trabajar era hombre de lentes, y ella notaba que cuando la miraba veía menos que nunca.

Así como Palmyra pensaba estas cosas sobre su costura, él pensaba otras sobre el papel cebolla de sus planos.

Había soñado muchísimas cosas: hallazgos de minas y encargos de puentes sobre el mar, pero no había soñado una mujer como aquélla, «¿Por qué me la habrá regalado el destino?»—se preguntaba, y en vano buscaba la respuesta.

Era un poco inexpresivo en sus caricias, y al encontrar sus brazos se dedicó a acariciarlos con la profusión y la disciplina del que da masaje.