Le tuvo que llamar la atención ella, porque la ortigaba el brazo con aquella insistencia.
Los dos, pues, se tenían afición e indiferencia. Lo que no acababan de comprender era por qué se habían reunido. Ella, más que un amante, había elegido un testigo con profesión seria, un testigo del que quedasen en limpio los instintos y en el que el ser humano quedase como montado al aire, es decir, sin encubrimiento; pues las líneas y los cálculos del ingeniero no perturban al hombre, le dejan en medio sobre una vagoneta y unos carriles y debajo de una serie de cables, de puentes y de señales.
Su ingeniero era algo así como un hombre del campo, y reaccionaba frente a las cosas con naturalidad y encontrando en todas gustosas experiencias de la vida.
En las sobremesas, recostados en la silla de dos asientos pegados haciendo la S confidencial, sentía ella cómo le fascinaba su descote, con el hoyo voraginoso entre los senos, pero le fascinaba sosamente, llevándole la placidez hasta el sueño, hacia el que la llevaba cogida de las manos, arrancándola de su asiento, ansioso, más que de abrazarla, de estar dormidos pronto.
Palmyra se aburría. Aquel hombre no comprendía el paisaje, no adoraba su Quinta, no sentía la soledad. Sólo se sentía dueño de ella y miraba el paisaje colocando cada cosa en su sitio, pero nada más. De todas maneras la acompañaba.
Un día de tormenta se quedó abierto el balcón de su despacho, y como su tablero se asomaba mucho al balcón, buscando la luz, llovió sobre el plano que tenía entre manos. El escándalo que armó al volver fué tan grande, que Palmyra le mandó callar.
—No quiero, mujerzuela—respondió encolerizado, y la empujó contra la pared.
Palmyra se quedó en el rincón de la habitación a que había sido empujada. Le miraba como la actriz que ha sido asesinada y no puede hablar ya.
El quiso borrar sus palabras y su acción. No había querido ir tan lejos. Pedía perdón.
—No puede ser—dijo ella—, has vuelto a ser el extraño, como si aquel señor que recogí en el Casino me hubiera dicho una grosería entonces, en vez de ser galante y apasionado... Jamás se oyó en la Quinta esa palabra... No la podré olvidar... Luego, al atardecer, tomas tus cosas y te vas.