Llamó al criado...

—Prepare el coche para las siete...

Se vengaba Palmyra de la huída del otro echando a éste. Ya le había encontrado hacía días el encolerizamiento que producía la Quinta en los hombres al poco tiempo de vivir en ella. La Quinta necesitaba un voluntario. No valía salir por un amante como ella había salido. Ahora esperaría la llegada del que fuese.

La corría prisa echar a aquel intruso. No podría nunca conformarse con un hombre obscuro, distraído, seco. Necesitaba el guarda enamorado de la Quinta. El que sintiese lo que de isla del amor había en su palacio.

XIV
LOS AUTOMÓVILES DE LOS DESEMBARCADOS

Después de la riña con Fausto, una de las cosas que más emocionaban su vida de soledad, lo que la llevaba hacia el mundo, lo que la daba la palpitación máxima del corazón era ver los automóviles que unidos a los trasatlánticos que hacían escala en Lisboa, transportaban a los viajeros más inquietos para que viesen aquellos parajes de la costa y el faro estratégico.

Camino del faro pasaban junto a la Quinta de Palmyra, que les lanzaba destellos de todos sus cristales, triángulos de luz, losanjes volanderos.

Las seis bocinas en fila hacían presagiar la caravana de viajeros. Palmyra corría a las ventanas. Ella, tan lejos del mundo, en ese momento perdía su resignación y se asomaba a ver los grupos de extranjeros apretujados, los brazos de unos sobre los pechos de los otros, cuatro o cinco donde cabían sólo dos, las gasas de las extranjeras flotantes como banderolas descoloridas, todos despeinados y como mareados por el largo viaje, ellas con flequillos y patillas desrizadas, de embarazadas en meses mayores, echadas hacia atrás en sus asientos, afondadas, como si su preñez las obligase a esas posturas.

Se dejaban llevar por la ráfaga encorvada del automóvil, todos en la mecedora flotante y rauda, sin saber ni por dónde iban ni qué iban a ver, cumpliendo más que nada con un itinerario de los que ofrecen los «chauffeurs» listos.

Ni tenían tiempo de saludar al paisaje y menos para despedirse de él, y dejaban flotante su extrañeza y su extranjerismo como inquietud abandonada en medio del bosque.