La soledad quedaba arrepentida de estar tan sola, y todo el monte hubiera querido irse con los excursionistas, continuando su viaje hacia ciudades más en el centro del mundo.
Se van sin importarles lo que dejan detrás, prendiendo miradas distraídas en lo que ha de quedar bien fijo, establecido para siempre en el sitio que ocupa.
A Palmyra la costaba trabajo meterse dentro, abandonar la visión del camino recién rizado por todos los automóviles, esperando ver uno más, el rezagado, el de los más degustadores del paisaje que se habían detenido más largo rato bajo el faro engallado.
Había recogido—sobre todo cuando lucía blusas de mucho color—las miradas amorosas de todos, como si todos ellos quisieran ser sus esposos y ellas la mirasen encantadas de ser sus cuñadas. ¡Pero ninguno se tiraba de su automóvil como torero que salta la barrera!
¿Escribiría alguno alguna vez la postal del pasajero?
Dejaban el recuerdo de los camarotes pintados de blanco y con ojos de lupa en aquellos barcos que ella veía en alta mar con su tarta blanca en medio, y que eran los que vertían sus viajeros extrañados durante unas horas de la lisura estable de la tierra.
«Ya estará impaciente el trasatlántico, moviéndose en la rada, tirando de la cadena de su ancla como perro que quiere escaparse»—pensaba Palmyra.
Y por fin se metía dentro de la Quinta. «¿Cómo sospecharían su vida aquellos seres?... ¿Qué idea del paisaje se llevaban? ¿Como cuál creían que era? Sólo aspiraban a llevarse visto un punto más del mundo para poderlo pregonar.
Aquellos automóviles eran como las canoas de salvamento a las que se pone en marcha dando al manubrio de su despertar.
Siempre la habían dejado gran emoción; pero aquella tarde de soledad en que aquel viajero rubio la había tirado el sombrero como brindis de torero entusiasta, dejándolo colgado de un manzano, se quedó más pensativa que nunca.