El sombrero aquél, que había bajado a buscar, llevaba en el forro de fina sedilla blanca el nombre de un sombrerero de London. Eso no era bastante para saber la nacionalidad del desombrerado, porque según vieja falsificación todos los sombreros son de London y tampoco decía nada apenas el que en su badana apareciesen las iniciales S. C.

No dejaba de tener una íntima galantería bastante original aquel regalo del sombrero del excursionista arrojado como recuerdo en el rápido pasaje de esos automóviles de «te tomo y te dejo en el mismo sitio que te tomé».

Palmyra dejó aquella montera de brindis en su perchero, y cuando volvió al salón pensó sorprendida que iba acompañada de la sombra que había entrado en la Quinta con aquel hombre que había dejado su sombrero en el perchero. Estaba íntimamente con ella, y, sin embargo, estaba lejos, ya en alta mar con un sombrero nuevo que aun extrañaba su cabeza.

«Con él encasquetado ya no se acordará de mí»—pensaba Palmyra—, pero después rectificaba: «Se acordará aún, porque el sombrero nuevo le estará chico, más chico que éste que me ha dejado».

Durante el anochecido estuvo nerviosa, excitada, mirando el mar de los espejos, esperando quizá la entrada de aquel hombre por el dintel del espejo.

Cuando la sirvieron el té tardío, porque se había olvidado de llamar, estuvo por decir al criado: «¿Y la otra taza que te he pedido?»

Aquel sombrero que cogió como el de un vagabundo del árbol del que se ahorcan los sombreros y las alpargatas de los trotacaminos, tenía el imperio del sombrero del dueño y señor. Había dejado libre el cabello oleaginoso que ella buscaba para peinar con sus manos y sentir los chisporroteos eléctricos que brotan de los peines de concha y de los dedos entreabiertos como parte ancha de unos peines blandos.

«Y no es que haya tirado un sombrero viejo... Está usado, pero no está viejo»—pensaba Palmyra.

Del salón se iban colgando las anchas cortinas moradas de los bailes de arte; sólo el espejo del fondo tenía luz y copiaba la tarde de ojeras irisadas.

En eso llamó la criada: