—Madama... Un señor sin sombrero pregunta por su Excelencia...
Lo de «sin sombrero» lo decía la criada para que madama no le recibiese, porque un señor sin sombrero da idea de un loco o de uno que viene huyendo, pero madama, como si esa señal la recordara a un amigo querido que llegase de muy lejos, la dijo:
—¡Que pase! ¡Que pase!
Un caballero, menos rubio de lo que la había parecido al verle pasar en el automóvil, se adelantó hacia ella e hirió su mano con la llaga de un beso apasionado y largo...
—Señora—dijo—, he torcido mi viaje sólo por usted...
—¿Pero perdió su barco?—exclamó con ingenuidad Palmyra...
—Sí..., partió sin mi—respondió sonriendo el desconocido...
—¿Y sus baúles?—volvió a preguntar Palmyra desconcertada, como si esperase que el extranjero hubiera llegado con sus baúles y todo a instalarse en la Quinta desconocida...
—¿Mis baúles?... En un Hotel de Lisboa—respondió extrañado el extranjero.
Palmyra le señaló un asiento. El extranjero se sentó con tipo de marino que descansa, tipo de marino que viene a traer una noticia de allende el mar.