—¿Y cómo se ha atrevido a venir? ¿Y si yo hubiese sido una señora casada?
—No hubiera venido... Me he enterado antes de quién era usted y cómo vivía... La tiré mi sombrero porque no me dió tiempo de tirarla otra cosa; mejor la hubiera tirado la cabeza, el corazón... Lo que quería decirla es que volvería...
—Yo sólo creí que fuese un chicoleo.
—De ningún modo... Siempre se tira el sombrero para recogerle, más o menos pisado por la dama, pero se recoge...
—Ya ve usted que yo no le dejé en el jardín... Lo recogí y lo he puesto en el perchero...
—Ya le he visto al entrar, y por cierto que he hecho como que lo dejaba, ajustándole más a su colgadero...
Palmyra sonrió, aunque estaba asustada e indecisa, ante aquella visita que amenazaba con ser muy larga... No sabía hasta cuando... Quizá hasta cuando volviese aparecer de nuevo en lontananza un barco con la ruta del que había dejado irse...
—¿Y qué es usted?—preguntó Palmyra sacándole de su arrobo.
—Yo... Doctor...
—No... Quiero decir de qué nacionalidad.