—Norteamericano... Sé el español difícilmente, pero como he notado que me entendía así con los portugueses, he creído posible conversar con usted toda la vida...

Palmyra estaba radiante. Su desconcierto se había ido borrando; el caso era que tenía allí a uno de los que pasaban raudos y representaban para ella el mundo, el mundo de los grandes trasatlánticos como palomares flotantes, llenos de gemelos que miraban su torreón...

El norteamericano apoltronaba su tamaño en la butaca con un paisaje en el respaldo, y mostraba su rostro de ninguna raza y de casi todas, uno de esos rostros que confunden siempre al que les mira, pues habiendo parecido que antes se miró a uno, después resulta que es a otro al que se encuentra.

—Ahora iría por el mar, con todos mis compañeros de viaje que me echarán de menos, sobre todo en la mesita verde que ocupábamos después de cenar, cuatro, siempre los mismos...

¿Qué la iba a exigir aquel hombre a cambio de aquéllo? Había perdido su barco y tenía derecho...

—¿Y hasta cuándo estará usted aquí?

—Hasta que usted quiera... Vengo a Europa a estudiar, así es que me puedo quedar aquí a estudiarla a usted.

—¡Ah! No... A estudiarme, no... Me dan escalofríos sólo de pensarlo.

—Bueno, bueno... Diré sólo que estudio.

—¿Y de qué región es usted?