—Bástela saber que una carta tarda en llegar a mi casa veinte días...
—¿Y cómo es su pueblo?
—No tiene nada de interesante... Esto sí que es bello... Es el digno marco que la corresponde... Cuando me saludó usted al pasar, perdí la brújula... Si usted no me hubiera recibido, hubiera paseado por delante de la verja de su Quinta siempre y me hubiera convertido en acuarelista de paisajes en que se ve una Quinta.
—Estoy comprometida con usted como con el que ha naufragado...
—La verdad es que me he tirado del barco al mar sólo por usted...
—Ha sido tan franca su decisión que yo debo ser también franca... El mote del escudo de la Quinta es: «Sigue tu primer impulso sin dejar pasar la hora...» Venga con sus equipajes... Es usted mi huésped.
Se hizo una pausa. El norteamericano se puso en pie. Tenía en el rostro timidez y osadía, descorazonamiento por el pronto logro de su deseo y al mismo tiempo entusiasmo. Sus cincuenta rostros superpuestos eran descubiertos por una imperceptible muesca de colores y perfiles que no casaban bien como en una policromía mal tirada trasluciéndose sus cincuenta expresiones distintas.
—¿Y si ahora no le gusta a usted mi nombre?—dijo él.
—¿Tan extravagante es?
—No; es Samuel.