La noche estuvo llena de las reticencias, de los silencios tímidos y de las cortesías graciosas de la aventura que se ha precipitado demasiado. Sólo el sueño niveló la falta de confianza en que se había realizado todo.
Durmieron como viajeros cansados, y cuando él se despertó primero a la mañana siguiente, despertado por las moscas que trajinaban en la luz, pensó despertarse en alta mar, y le sorprendió encontrarse en la cabaña de la alcoba, con una rendija excesiva en la ventana.
No estaba en la alta mar del mar, pero estaba en la alta mar del amor. Miró a Palmyra. Dormía sosegada, con confianza, como si durmiese más que sobre una cama sobre un jardín, en un rincón de los boscajes de la Quinta.
Sintió ganas de hacerla cosquillas en la garganta, que ofrecía curvada y graciosa. «¿Al abrir los ojos no me extrañará demasiado?»—se preguntó Samuel, pero recordó la naturalidad de Palmyra como si se tratase de una boda acordada por toda la familia, en vez de ser una aventura...
—Palmyra—llamó en voz baja Samuel para que al despertar entreviese que la conocía bien por su nombre.
—Palmyra.
—Palmyra.
—Palmyra.
—¡Palmyra!...
Palmyra entreabrió los ojos y sonrió, acostada en la lontananza de la playa ambarina de su carne, como lejana bañista debajo del toldo azul de sus ojos.