Pero le había sonreído. En vista de eso se tranquilizó y observó los cuadros.

Volvió a mirar a Palmyra como al valle florido de su amor, como el que sentado en la ladera ve la extensión luminosa y margaritada que desde allí se atalaya.

Ya estaba conformado con la sonrisa de aquel despertar que se había nublado en seguida. Ahora a esperar que se cerciorase, que recompusiese con el abrazo del despertar definitivo, la cadena de los abrazos.

Palmyra durmió el sueño deslumbrado de la mañana, el sueño que se sueña de cara a la luz, sucediendo la pesadilla en pleno mediodía. Samuel la oseaba las moscas.

Poco duró ese sueño anaranjado de la vívida mañana y Palmyra se despertó, sonriendo de nuevo al ver al náufrago que la hacía aire con sus manos oseadoras y osadas.

«Ya no se me irán los ojos y la tranquilidad detrás de las caravanas de los automóviles con gente de los barcos—pensaba Palmyra—. Mi única inquietud la habrá cancelado este viajero que se quedó a mi lado...»

Se rió con risa descarada, mirándole.

—¿De qué se ríe?

—De que me parece usted un barco embarrancado...

Volvían a perder el tuteo que habían alcanzado ya. No les convenía. Todo iba a retroceder.