—Tienes un despertar tranquilo como el de las playas.
—Y tú eres el mar que bulle demasiado temprano...
—¡No tanto!—dijo Samuel sonriendo—. A lo más soy un marinero despierto y animoso.
Palmyra se dió cuenta en ese amanecer que la sorprendía con aquel nuevo caballero al lado, de que era bastante calvo, ahora que su peinado estaba deshecho, y que, por lo tanto, debía tener la murrullería que ella achacaba a los calvos, su aire de hombres de mundo un poco cínicos, como si sus pensamientos se creyesen sin hoja de parra ya, y, por lo tanto, estuviesen en el deber de afrontarlo todo con demasiada audacia.
Palmyra gozó un rato viendo cómo se sobreponía la osadía de aquel hombre a la sorpresa de hallarse en tan íntima compañía con una mujer desconocida. Siempre quedará en una mujer la ilusión de esa sorpresa inevitable. Sólo eso inducirá hacia el amor variado, hasta a aquéllas que lo probaron mucho.
Se vistieron. Ya sabía Palmyra que había que gozar la mañana desde más temprano cuando llegaba un nuevo forastero que extrañaba la cama y que tenía curiosidades que había que saciar llevándole a la ventana y haciéndole desayunar en la terraza con las migas calientes de la mañana, que son como piedrecitas y tierras blandas y sustanciosas, que aclaran al ser comidas la neta impresión del terrenal mundo que se contempla, en plena alegría, toda su materia y su inmaterialidad.
Con aquella especie de matiné antiguo de bordes rizados, como se rizan los papeles en que se prueban las tenacillas de todos los días, salió con Samuel a la terraza, donde se celebraba el primer desayuno.
«Deberían recordar siempre este momento y llenarse de gratitud y de quietud, renunciando a sus ambiciones de comisionistas»—pensaba Palmyra.
Samuel andaba por la terraza como viajero de transatlántico, con cierta inseguridad aún. Se asomó a la balaustrada de la terraza como quien se asoma a la pasarela, y se quedó sorprendido de aquel mundo de rosas frenéticas que daban al mundo un infantilismo mañanero.
—Cantan su perfume como coros de colegio de niñas que lanzasen los hosannas de la mañana—dijo en voz alta a Palmyra, que abría el toldo de playa que tapaba el velador de los desayunos y de las comidas al aire libre, cuando estaban hartos del sombrío comedor.