—Parece que has puesto al cielo traje de baño—dijo Samuel, refiriéndose a aquella enorme sombrilla listada de azules círculos concéntricos y que era también como un blanco ideal para las escopetas de salón de los aviadores.
—Lo que se pone es más alegre la mañana con este quitasol—contestó Palmyra—.
—Como que es el pabellón de las buenas mañanas, sólo de las buenas mañanas—repuso Samuel.
El hombre oscilante, que venía del Perú, donde le había rechazado una mujer al saber su origen, gozaba aquella mañana plácida que brotaba después de haber sido propietario de una linda mujer, mucho más encantadora que «la otra». Lo que no digería, de lo que no acababa de poderse dar cuenta es de que fuese aquello epílogo en vez de preámbulo... Era como si el día comenzase por el ocaso, por lo realizado, en vez de comenzar por el rosicler.
No comprendía una cosa tan estable, tan franca, tan segura. La mañana entera aterrizaba en la terraza.
Desayunaron. El se sentía personaje un poco inverosímil de una estampa que había soñado alguna vez. Así había visto él la ilustración más viva de la felicidad: un desayuno así, en una terraza y entre flores y con pájaros posados en el barandal...
—Mi estancia aquí—dijo Samuel queriendo declarar la verdad de lo que sentía—es como si náufrago feliz me hubiese despertado en una isla encantada...
—Con tal de que pienses siempre eso—dijo Palmyra con su más rogativa entonación, mirándole fijamente para atisbar el efecto del «siempre», que hizo que Samuel la mirase con cierto susto, con aquel recelo inevitable, con aquella cosa de cogido que quiere escapar.
Hubo una pausa, en que él pareció dedicarse a escribir con manteca en la palma del pan, pareciendo después como si quisiera afilar el cuchillo en la reconfortante maculatura.
—¿Es que todos los amores son de travesía?—preguntó Palmyra con cierta incongruencia y para sorprenderle con la pregunta.