—¿Cómo, qué quieres decir?—contestó Samuel, envuelto en la mentira de la embriaguez y del hospedaje desinteresado...
—Es que te siento alegre, feliz, como sin otro negocio que el de vivir, y, sin embargo, temo que te ausentes—replicó con sumisión Palmyra.
—Pues no me ausentaré nunca... Cuando se encuentra la casa de la dicha hay que no salir de paseo siquiera... Como esos presidiarios que no pueden escaparse nunca, no tendré otro traje que el pijama...
—No, ¡qué horror!... Aborrezco el pijama... Todo hombre en pijama es trivial como él solo, y además hipócrita como un cómico de teatro galante... Tan pueril y tan ostentoso es el pijama, que no han podido menos de usarlo también las mujeres, que en sus juegos con los hombres juegan a la ambigüedad, por más que lo disimulen.
—Pues retiro lo del pijama...
En la mañana había una especie de batalla de flores, con proyectiles de mariposas. No se sentía ninguna impaciencia. El apartamiento arcádico de Portugal se sentía en rededor.
Palmyra, que en el primer momento de saber que Samuel era judío no se había dado cuenta de nada y le había recibido con magnanimidad queriendo mostrarle que no había en ella ni la más mínima rencilla contra su raza, ahora recapacitaba y pensaba que la idea de errante va unida a la idea de judío, y pensaba que había escogido más exprofesamente que nunca al que había de huir de un modo fatal.
El pronto de la huída de Samuel sería más subitáneo que en los demás. Echaría a correr sin despedirse, dejando quizá sus equipajes. Se había quedado en la Quinta por su facultad de huir, de apartarse de un camino para tomar cualquier otro, por su condición de errante.
Todos los días, a todas horas, tendría presente su fuga, y la lucha contra su voluntad de escapar sería estéril, porque ningún mimo contendría al encanto fatal. Mejor hubiera sido imitar un odio atávico, invencible, del que apenas se le hubiera podido echar la culpa, porque hubiera parecido brotar de la raza.
Ya vería siempre a Samuel como si fuese a echar a correr.