—Porque mis hermanos de Salónica...
Y siempre salía a relucir aquella fraternidad que le absorbía, que le hacía volver la cabeza a los lejanos horizontes y distraerse de Palmyra con nostalgias fortísimas.
* * *
Palmyra había tenido, sin embargo, días de sentirse junto al hombre honrado, y había recibido todas sus confidencias de perseguido y de plantado por las mujeres; pero desde el primer día hasta esta tarde en que después de dos meses de pasión se reunían en el Salón Siglo XIX, estaba esperando su huida, el momento de la ingratitud en que caería sobre él la maldición de merecer el despego de los demás y sus persecuciones. En su predilección por aquel hombre serio como un hombre, había envuelta una especie de maldición gitana: «¡Que maldecido y perseguido te veas por judío si me abandonas!» No había vez que no se dejase abrazar por él que no repitiese eso por lo bajo, con los párpados y los dientes apretados unos contra otros, en tensión rabiosa y obcecada.
Aquella tarde estaba Samuel más preocupado que nunca, como dispuesto a contarla una nueva vejación de las que había sufrido.
Por eso Palmyra había escogido aquel salón para estar reunidos en la hora mejor del idilio, al atardecido.
En cuanto llegaba el calor era el salón en que se pasaba el bochorno, porque la humedad y el olor a humedad resultaban refrescantes. Aquella humedad era tan grande que levantaba las hojas de la pared.
—¡Qué sabroso es este salón siglo diez y nueve! Me deja un mayor anhelo de tu carne—la había dicho una vez el huído Armando y Palmyra no se había olvidado de la frase.
—En este salón—la dijo Samuel—tu blusa de seda es más incitante. En este salón se sorprenden los amores de tus antepasados y se ve que aún rescoldan sobre los sofás.... Eran de los que no se acostaban, de los que lo hacían todo muy abrazados sobre los sofás...