Palmyra entraba en aquel salón cuando temía aquella cosa imponente que había en los otros salones del palacio, llenos de un aire demasiado suntuoso que parecía amedrentar y despedir a los amantes.

Samuel, que tenía pico de águila para el placer, parecía afilarlo en los besos silenciosos que ponía en ella. Palmyra le dejaba recapacitar en sus besos, y esperaba lo que saliese de aquella seriedad, pues muchas veces en esos torvos silencios se prepara el arrebato del amor.

Impaciente Palmyra, le preguntó:

—¿En qué piensas?

—En que te llevaría a un viaje...

—¿A un viaje?

—Sí... No sé cómo puedes estar aquí siempre... A un barco parado se le ponen sucios los fondos... Si pudiésemos empujar hacia el mar esta Quinta y que navegase...

—De ningún modo... Me agarraría desde las ventanas a las ramas de los árboles para contenerla... Son sus cimientos en la tierra los que más me gusta...

—No te comprendo... No te acabo de comprender.

—Pues es bien fácil... No quiero perderme fuera de aquí... Más que vivir la vida, la vamos leyendo, y yo quiero repasarla bien, no distraerme, no perder palabra, no perder ripio...