—Pero donde más interesante es la vida es en los viajes—repuso Samuel, siempre poseído por el mal intrépido de la huída...
—No... Eso es ver láminas, que es lo que hace perder más el texto de la vida... Un libro con láminas está aviado... Casi no se lee nunca... Lo importante es la letra menuda, monótona, que dice muchas cosas...
—¿Y los monumentos?
—Son los que dan más vaguedad a la vida... Sirven sólo para encubrirla...
—¿Así es que según tu opinión las pirámides...?
—Las pirámides buscaron una apariencia natural de serranía que no está mal... Pero casi todos los monumentos distraen, hacen daño a la vida...
Se veía cómo estaba metida por honda convicción en su Quinta. Ni una carreta de bueyes la podía sacar de su predio.
¿Qué carrozas esperaba? Sólo imaginándose el gran espectáculo de la vuelta de unos viajeros que tuviesen forzosamente que volver y que pasar por aquel paraje, se podía explicar aquella espera feliz y continua junto a las ventanas de la Quinta.
Claro que hay el mundo de lo insucediente que está sobre los grandes ramajes y fija la punta del pie en las ramas que rematan los árboles, pero ese mundo es demasiado soporífero.
Palmyra, que se había dado cuenta de lo que aquello significaba de rebeldía contra la Quinta, se echó en la chaisse-longue desde la que se veía el paisaje del atardecido. Otra vez volvía a tomar cómoda posesión de los almohadones de la melancolía.