Se curaba en aquella mirada intensa de su eterna convalecencia por la huída de los hombres.

Veía el recodo de la salida al mar y sentía como todos los días, con entera novedad, que era un puerto antiguo al que acababa de llegar, y en el que se unían las carabelas del ayer más remoto como las del más próximo presente.

«Si no se llegase alguna vez, sería penoso el viaje de la contemplación diaria»—se decía Palmyra, que había encontrado el cierre, la pulsera para cada idea con precisión de escritora mística, de Santa Teresa del anonimato.

Era más largo y más denso que el resto del día aquella hora en que el día se entornaba. Dejaba en la casa provisiones de eternidad, caramelitos y guindas de inmortalidad.

Palmyra perdía la vista en aquella larga contemplación, y la quedaban en los ojos soles amarillos como yemas de numerosos huevos fritos transparentes en medio de las claras numerosas.

—A esta hora me olvidas—la dijo por fin Samuel, rompiendo el silencio y la situación penosa y desconfiada—. Pareces de la religión egipcia que mira con veneración y miedo al sol que se pone para juzgar a los muertos.

La cena de todos los días se iba cuajando poco a poco y echaba en su salsa perejiles, romeros y mil yerbas sobre todo el paisaje. En esa paz severa del verdadero campo se siente la seguridad de que se cenará. En las ciudades, por el contrario, la seguridad es abrumadora porque hasta el fuego depende de las nóminas oficiales, y el cenar es un acto improvisado y de última hora.

«Todo cocina en mi guiso»—se decía Palmyra y tomaba una postura más cómoda en su chaisse-longue.

En aquel silencio, Samuel, que veía el bosque por la ventana, se sentía irritado por esa trampa, que es la arboleda que no se abandona, la arboleda que rodea demasiado una vida.

Sentía ya el deseo de las grandes llanuras, necesitaba salir a los páramos, a los inacabables calveros del mundo. Su raza se había educado en las caminatas por los desiertos y amaba ese paisaje que descubre la desnudez del mundo.