«Los árboles, ¡qué por encima están del ser humano y qué poco tienen que ver con él!—pensaba Samuel—. Si el perro aulla cuando encuentra un hombre muerto en el bosque, el árbol se abanica suavemente sobre el hombre caído en el que van quedando al descubierto las costillas como si se le hubiese desabrochado y se le hubiesen salido las ballenas del corsé de la carne».
El sentía que los dos preparaban una disputa en su silencio, que anunciaba con su largura y su calidad el fondo rencoroso.
—Los árboles—dijo Samuel por fin—cubren la vida de una hipocresía verde y ostentosa... Cada día que pasa veo que los odio más...
Palmyra, con un rencor enorme, desproporcionado, más enconado que si hubiese sido ofendida ella misma, repuso:
—Como que te ahorcaste de ellos una vez...
Samuel no contestó. Se puso en pie, se paró un momento como un soldado que se cuadra, después abrió la puerta que daba al pasillo de las alcobas y se fué.
No tenía arreglo lo que iba a suceder. «Después de todo—se dijo Palmyra—tenía que pasar esto algún día próximo. No tenía más remedio que irse por una razón más fuerte que la de ninguno de los que se fueron».
Y Samuel se marchó, se marchó aquella misma noche en el mismo automóvil de los turistas en que vino de tan intempestiva manera, en el enorme automóvil blanco que envían de las Agencias cuando se pide un automóvil por teléfono desde un punto distante.
Y fué el único amante que lloró al hacer el equipaje y que se fué llorando en el coche que le libertaba.