Palmyra tenía un aire más dominante y hacía un gesto con la falda que marcaba su carácter, cada vez más arrostrador, y su evolución. Ese gesto era el que hacía al sentarse y pellizcar su falda, bajándola más, asentándosela sobre las piernas con una actitud más amazonesca que nunca.

Vivía a retazos en silencios continuados, en ratos de melancolía, en paseos plácidos, en arrebatos de perseguida.

—No... no quiero irme... No me iré nunca...—se decía en sus gabinetes—. Todos ellos tienen un momento en que quisieran vender esto para dejarme sola y desvalida en el mundo, pero yo no me dejaré desposeer... Es como la capilla de mi vida mi Quinta... Es para mí iglesia, cuna, panteón...

Pero los hombres no comprendían aquello, y lo malo era que no podía explicarles ni enseñarles el encanto de su posesión, hecho de cosas inexplicables, del modo de llegar las luces y del modo de llegar las sombras, del modo de moverse los árboles y del modo de articularse todas las hojas, del miedo al mar y de la cosa que entraba al que lo contemplaba, de esa especie de niñez de niño bonito que gestaba en las sombras ya con la querencia de echarse en sus brazos...

La flora submarina que el alma posee recibía caricias submarinas y se movía como con vida propia.

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Se sentía el optimismo de la vida en la Quinta porque había baluartes, frutas, hortalizas, gallinas que matar, patos en eterna salida de pista y constantes pavos parecidos a los viejas de los asilos.

Palmyra no temía la ciudad. Pocos conflictos la podría crear a ella. Pero, de todos modos, el peligro social combatía detrás de los montes, aunque siempre vendría a morir en las arenas de la playa, frente a la explanada del mar.

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Todos los aires de Europa, todos los ayes, todos los espantosos cansancios que no podían ya más, todas las viejas actrices cansadas de sostener el prestigio de su nombre y su falso pelo rubio, todos los grandes boticarios cansados de despachar en las boticas de más fama, todos los viejos y prestigiosos doctores cansados de sostener consultas imposibles con gentes que les esperaban siempre en todos los gabinetes de todos los pisos de su casa, convertidos en salas de espera, etc., etc., todo eso venía a descansar a esa costa final de Europa, llegando en trenes sin ruido y sin carril.