Se podría decir de aquel rincón del mundo que al atardecer todo trecho estaba lleno de algo sentado, sentado a la manera de aquellas gentes de pueblo que se han visto sentadas al borde de las aceras en la ciudad.
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Contra las tristezas antiguas que dominaban la Quinta es contra lo que era más difícil reaccionar. No sabía de dónde procedían aquellas impregnaciones, aquellos grandes lagrimones que la churreteaban el rostro.
Se acordaba de las otras mujeres que ya desaparecieron y que se encerraron en el Palacete como en la estancia eterna cuando sólo fueron viajeros que se iban y que sólo por un momento veían destacarse en sus ventanillas el Palacio que han de dejar detrás ignorantes de todo su futuro.
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Los panales de la Quinta trabajaban con constancia y daban un postre que convertía en mielados cristales los de los tarros en que se guardaba la gran cosecha de los jardines.
En un rincón del jardín trabajaban constantemente las abejas que iban fajadas en la gran cosecha recogida.
Palmyra sentía un poco en su alma aquella íntima labor en que la vida se concentraba y tenía ánimos de creación.
«Nosotros debemos tener en el alma un colmenar activo e interior al que traer la sustancia de todas las miradas. Sólo haciendo esa labor de recoger y trasegar bien las miradas se cumple con todos los deberes.»
Y por la tarde, después de aquella imagen feliz que daba por objeto del alma el recibir todas las miradas dispersadas por el día ya en la hora de vuelta, se congregaba más en sí misma y recababa todos los pensamientos y miradas habidas en el día: el haber pensado en la erección placentera que hay en las yemas de los pinos; el haber visto a los eucaliptos como a viejos doctores a quienes saludar; el haber encontrado en la calva solitaria, atada a un árbol, la cabra solitaria que espera que vengan por ella como niña que tiene la misma inquietud en el colegio; la pena de las rosas cortadas en el jardín y la persecución con que se persigue con la mirada al que va formando un ramo con las tijeras de sastre; la idea de sangre que dan las flores rojas; el dolor de las columnas caídas frente a ese hotel que no se acaba nunca; el olor a las redes ennegrecidas por la brea que cicatriza instantáneamente las heridas de los pulmones; el fenómeno de sentir cómo los pinos caminan hacia el poblado, se aproximan a él, vuelven con el ocaso, son amigos que se acercan por la espalda y entablan su conversa con el que pasa, etc., etc.