Vivir por vivir, activando esos colmenares del alma, afanándose por esclarecer el atardecer, por esparcir el ánimo, tanto en miradas extáticas como en otras más afanosas, por encontrarse, al entrar en el recogimiento, con un depósito mayor de miel y cera.
Tomaba ejemplo de aquellas casitas blancas de las que sacaba las láminas alveoladas de que colgaban los racimos espesos de obreras que se entremezclaban realizando una unión esforzada para conseguir dar presión a la cera que iba formando el panal.
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Como aliciente de sus inextirpables pensamientos de voluptuosidad, repasaba el vicio de los alrededores. En el hotel, de los adornos de cartón, había unas niñas a las que venían a ver gentes de Lisboa, dos niñas muy blancas y redondas, con una sombra criolla de bigote, que se reían de todas las mujeres de más de veinte años que se encontraban en el camino.
Siempre estaban, cuando se las veía, como recién levantadas después de recién acostadas.
Tenían sus retratos muchos desconocidos, que se los enseñaban a sus amigos como si fuesen sus ahijadas, y que venían a verlas, encerrándose unos días en aquella casa con baños de inocencia y de perversidad, como se mezcla el agua caliente y la fría.
Estaban conservadas entre ropas blancas y capas felpudas y refrescantes.
El vicio raro del rincón tibio y ciudadano, exigía ese hotelito con dos niñas juguetonas y voluptuosas como gatos, que sólo rozan mucho las piernas del que pasa.
Muy iluminada en la noche aquella casa parecían presenciarse, mirando a sus ventanas, saltos de niñas que van a la cama de su papá. Aquel vicio puntualizaba, como un perfume más, el permiso de goce que daba al paisaje el dulzor manso de vivir. No resultaba indignante. Con tal de poderse sostener en el hotel alegre las estaba permitido todo. Resultaba más alegre y más clara que las otras luces la luz de la casa de las niñas malas, de las niñas que siempre se estaban subiendo encima de las piernas de los caballeros sentados.
Palmyra tenía curiosidad por verlas asomadas con lazos celestes y corales arrebatados, esperando, siempre con el peine puesto en los cabellos como una peineta algo gitana, a unos viajeros hipotéticos, que venían generalmente en automóviles amarillos.