También observaba Palmyra con encanto aquel hotel, que se alquilaba a parejas distintas, que venían de Lisboa, donde las daban la llave para que pasasen los días de contrato en amorosa soledad. Siempre miraba con gran curiosidad a la terraza para ver una pareja—la misma a través de todas sus variaciones—que se amaba con verdadero encanto y disfrutaba hasta de las plantas submarinas, con absorciones profundas que hacían desde sus galerías.

«Qué resistencia la de esos peroles, esos vasos y esos asientos»—se decía Palmyra como si no fuese lo mismo tratar a distintos huéspedes, que a uno seguido.

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Quería Palmyra sostenerse sin otra sensualidad, sólo observando la vida, suponiendo las cosas de los demás, recogiendo las ondas amorosas, que si se las aprende y acepta a pecho descubierto, tienen en la recepción la misma intensidad que en los aparatos emisores, sin que importe que broten de detrás de los cristales y de las maderas de lejanas casas.

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A veces sentía cómo se fraguaban en la paz del día los futuros cataclismos. El agua, siempre reñida con la tierra, buscaba los caminos secretos y profundos, en los que se forman los gases que hacen explotar al terráqueo de vez en cuando.

Algo hacía terreno volcánico toda aquella costa portuguesa. Se tenía la sospecha de un engullimiento del mar. Se contaba con eso como sazón de la tarde.

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En sus paseos se paraba cuando oía el tren, diciéndose: «¡Quieta! No me vea el tren y me lleve».

Se ponía satisfecha cuando le sentía irse, y era de una gran ilusión para sus oídos oir el último estertor.