«¡Ya pasó! ¡Ya pasó!»—se decía frenética de alegría.
Abrazaba a su can desde lejos, y con un salto ideal abrazaba, sobre todo, a la Venus que remataba el frontispicio de la Quinta.
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Remontaban el cielo tardes como para que saliesen de paseo todos los aviadores.
Se había puesto de seda el día, y las gasas más puras revoloteaban en la brisa.
Los nadadores del paisaje encontraban para sus miradas aguas tibias.
Se bebía en los vasos del aire naranjadas y jarabes de granadina, sin el gusto de la fabricación.
Todo el valle era como una rosa de té, en la que ella fuese la cochinilla escondida.
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Frente y contra el mundo estaba la Quinta. Ofrecía su fachada como los gimnastas que hacen exhibición de su pecho.