«¡Ya pasó! ¡Ya pasó!»—se decía frenética de alegría.

Abrazaba a su can desde lejos, y con un salto ideal abrazaba, sobre todo, a la Venus que remataba el frontispicio de la Quinta.

* * *

Remontaban el cielo tardes como para que saliesen de paseo todos los aviadores.

Se había puesto de seda el día, y las gasas más puras revoloteaban en la brisa.

Los nadadores del paisaje encontraban para sus miradas aguas tibias.

Se bebía en los vasos del aire naranjadas y jarabes de granadina, sin el gusto de la fabricación.

Todo el valle era como una rosa de té, en la que ella fuese la cochinilla escondida.

* * *

Frente y contra el mundo estaba la Quinta. Ofrecía su fachada como los gimnastas que hacen exhibición de su pecho.