Dotados por un lado de bellísimas dotes, que hacen ameno y agradable su trato; adolecen por otro, de todos los vicios y defectos inherentes á los hijos de los puertos meridionales.
Son á la vez músicos y poetas, boleros y farsantes; materia siempre dispuesta para todo lo que no sea grave y formal; airosos y gallardos, tienen siempre en sus labios una flor y un chiste para la mujer y en sus ojos una provocacion y una amenaza para el hombre; pero en lo general son tan prontos para lanzar lo uno y lo otro, como para retirarlo cuando conviene.
Calcúlese pues, en hombres hechos así por la naturaleza: ¡cuál no será el sacrificio del pobre jornalero del campo, que para vivir se ha de colgar del hombro el pesado azadon, cuando aun brillan las estrellas; y se ha de encaminar á la viña de Juan ó de Pedro y empezar la ruda tarea de cavar profundamente aquella tierra, desde que amanece Dios, hasta que anochece; y esto, con pequeños intérvalos de descanso y durante todo un dia, que al pobre le parece una eternidad: y para mayor consuelo, repetir esta funcion al dia siguiente, y al otro, y al otro, y por último, todos los dias del año, escepto los domingos y fiestas de guardar!
Y sin embargo, es tal la costumbre y el hábito del trabajo, creado por la necesidad; que este mismo hombre, que de tan mal talante empieza su trabajo por la mañana, concluye generalmente alegre y festivo y dispuesto para una broma y un jaleo, aunque sus huesos esten quebrantados. Es verdad, que mientras sus brazos lanzan una y otra vez el azadon sobre la dura tierra, su voz no cesa de cantar esas melodiosas y poéticas playeras, cuyas ricas armonias y suaves modulaciones jamás ha podido escribir ninguno de los príncipes del arte; y que recrean su mente, trasladando su espíritu á otras regiones y haciéndole olvidar que su cuerpo trabaja.
Pero el dia de fiesta, el jornalero del campo, falto de instruccion y de esos gustos que recrean la inteligencia, sin menoscabar la dignidad del hombre y sin perjudicar su cuerpo; lo pasa entregado á los corruptores vicios del juego y la bebida, entre las pintorreadas paredes de una taberna, donde pierde ó gasta con frecuencia, el mísero jornal que con tantos sudores ganara y de donde salen siempre riñas y pendencias, que le conducen con frecuencia al patíbulo ó al presidio, dejando á su familia deshonrada y sumida en la indigencia.
Dada ya una ligera idea del carácter, costumbres é índole especial de los hijos del pueblo del castillo y la Alcazaba, pasemos á dar á conocer, tambien ligeramente, el asunto que motiva este cuadro.
Un jóven de unos veinte y cinco años, fuerte, robusto y vigoroso, jornalero del campo, vivia con su padre y una hermanita, menor que él, en una modesta, pero aseada casita del barrio de la Trinidad.
La circunstancia de ser hijo único varon de padre sexagenario, le habia servido de escepcion legal, para librarse de la suerte de las quintas y el mozo trabajaba para mantener á aquel y á su hermana, que tambien ayudaba algo, vendiendo frutas y flores por las calles de la ciudad.
Ganaba seis, siete y hasta ocho reales de jornal, segun las circunstancias, y con esto y con lo poco que su hermana se agenciaba, vivian, sino con desahogo, por lo menos sin pasar necesidades, que bien pocas son las de los pobres.
Juan,—que así se llamaba el mismo,—era alegre y de chispa; enamorado y amigo de bailoteos y francachelas, en que figuraba como cantaor que era, y de primo cartello en aquellos barrios, de rondeñas y fandango, playeras y soleá; pero el trabajo no le dejaba tiempo para aquellas bromas y hacia de la necesidad virtud. Con todos, los dias de la semana destinados al descanso, Juan se entregaba en cuerpo y alma á estas bromas con sus amigotes, y mas de una vez, arrastrado por la tentacion del vicio y calientes los cascos por el vinillo seco de Málaga, que embriaga solo de olerlo, hubiera dejado á su familia en ayunas, si su padre, conocedor del mundo en que vivian, no le hubiera con tiempo registrado la faja y sacado de ella todo el dinero, escepto dos pesetas, que cada semana le dejaba para fumar y demas gastos.