Mal que bien, la olla se ponia todos los dias en aquella casa, y esto indicaba un pasar regular entre aquellas gentes en cuyas chimeneas no siempre se veia humo, y tanto era así, que muchos envidiaban su bienestar, citando á Juan y á Cármen como modelo de buenos hijos.
Mas como quiera que nada hay duradero en este mundo, pues que todo en él tiene término; sucedió que empezó á desarrollarse entre las viñas una enfermedad que los sencillos labradores llamaban ceniza y que no era otra cosa que el oidium tukeri y á perderse sus frutos un año y otro año bajo la influencia abrasadora de esta epidemia.
Aquellos, que vieron en el primer año perdido el valor de los jornales invertidos en el cultivo de las viñas, los escasearon en el segundo, y al ver en el segundo el mismo lamentable resultado, los suprimieron por completo en el tercero. Juan fué de los últimos trabajadores que despidieron, porque era un mozo que trabajaba con conciencia, pero al fin le despidieron, porque no podia ser otra cosa.
Este fué un golpe fatal para aquella pobre familia, ante quien se presentaba una larga série de privaciones.
Juan, el primer dia, hizo vivas dilijencias por encontrar trabajo; el segundo vió á algunos labradores y maestros de obras con el mismo objeto; el tercero encargó á algunos amigos que le avisaran cuando supieran donde habia un jornal que ganar: el cuarto se lamentó de ello en la taberna y, por último, el quinto, sexto y subsiguientes, no se ocupó mas del asunto y empezó para él esa vida de desarreglo y desenfreno, en que el dia y la mayor parte de las noches trascurrian entre el vino y los cantares.
Mas como quiera que para todo esto se necesitaba dinero y este no le habia, ni por donde viniera, y en las numerosas tabernas de donde eran parroquianos él y sus amigos, se negaban ya á darles al fiado, sucedió lo que era natural que sucediera, que cada cual empezó por vender y empeñar cuanto tenia en su casa; y cuando esto se acabó, que no tardó mucho, se formaron planes á cual mas descabellados, para obtener á todo trance aquel elemento tan indispensable para continuar alimentando su detestable vicio.
El infeliz padre de Juan, que observaba con espanto el camino de perdicion que habia emprendido su hijo, el único sosten de sus ancianos dias; que veia con amargo dolor que á sus consejos, amonestaciones y reprimendas, contestaba unas veces con el silencio y otras,—cuando su razon estaba ofuscada por los vapores del vino,—con una falta de respeto y hasta con una desvergüenza, que el pobre no podia castigar por su imposibilidad física; que pasó muchas noches en vela, con el alma en un hilo y temiéndose siempre alguna catástrofe; que echó de menos alguna ropa de cama y un cuadrito con marco dorado de la Santísima Trinidad, que tenia en mucha estima y devocion por ser herencia de sus padres; y por último, que su hija Cármen, única que entonces atendia á las necesidades de la casa con lo poco que ganaba, habia sufrido ya en la calle dos ó tres acometidas de su hermano, para que le diera el dinero que habia ganado, llegando hasta á maltratarla una vez porque la infeliz se negaba á ello; y que ya los vecinos empezaban á murmurar en alta voz y á pronosticar un fin desastroso para su hijo; aquel hijo que antes era citado como modelo entre los buenos; todos estos disgustos, bien graves por cierto, unidos á la escasez de alimentos sanos y nutritivos, fueron minando su ya quebrantada salud y acabaron por imposibilitarlo en el lecho, quizás para no levantarse mas.
Cármen, que era una buena muchacha, amante de su padre y de su hermano hasta el delirio, redoblaba sus esfuerzos por ganar lo suficiente para alimentar al primero y aun para dar algunos cuartos á su hermano á fin de tener derecho á llorarle y suplicarle por Dios, que dejase aquella vida y aquellos amigos que habian de causar su perdicion y su desgracia; consejos que aquel oia como quien oye llover.
Una noche, acababa Cármen de dar á su padre un cocimiento de flores aromáticas que una vecina le habia aconsejado, y así que lo vió reposando al parecer, cerró la puerta de su dormitorio y ya se iba á desnudar para descansar de las fatigas del dia.
Varias veces se habia asomado durante la noche á la ventana por ver si volvia su hermano, pero como esto acontecia muy rara vez antes del alba, aunque se asomó una vez mas, fué mas bien por costumbre, que por la esperanza de verle llegar.