Acababan de dar las doce en todos los relojes de la poblacion: las calles estaban silenciosas y desiertas y no se escuchaba otro ruido que el confuso murmullo de las aguas del Guadalmedina, que con las lluvias del dia anterior habia tenido dos fuertes avenidas, y de vez en cuando el grito lejano y monótono del sereno que cantaba la hora.

Ya iba á cerrar el postigo y á acostarse, cuando creyó oir unos pasos sordos y precipitados, como de alguno que corriera descalzo. Cármen prestó atencion y empezó á temblar al percibir aquellos pasos cada vez mas cerca y ahogó un grito al reconocer á su hermano en un hombre pálido, ensangrentado, descompuesto, que de un salto cruzó la calle, empujó la puerta, volvió á cerrar atrancándola por dentro, penetró en la sala, dió un soplo al candil de hoja de lata que ardia colgado de un clavo, cerró cuidadosamente el postigo y agarrándola convulsivamente por el brazo, le dijo al oido con voz lúgubre: «¡A dormir!» y la empujó violentamente hácia su cuarto.

La infeliz, toda trémula y sobrecojida, no pudo articular una frase y temblando de angustia y de miedo, se arrojó vestida en su cama, aunque dispuesta á saber en qué paraba todo aquello, que habia despertado en su alma los mas tristes presentimientos.

Por lo pronto, oyó que su hermano cojió á tientas el porron del agua, se salió al patio y al parecer se estuvo lavando: esto le recordó las manchas de sangre de que le habia visto cubierto al cruzar la calle y cierta húmeda frialdad que notó en sus dedos al cojerla por el brazo. Su mente vió mas claro entonces, y comprendió horrorizándose, que su hermano venia de cometer algun crímen.

Un sudor frio corrió por todo su cuerpo y acurrucandose en un rincon de la cama, contuvo hasta la respiracion y su corazon latió con violencia, por que en medio de la densa oscuridad que la rodeaba, creyó ver mil fantasmas ensangrentados cruzar por delante de su vista.

En esta horrible situacion, oyó dar la una y las dos y antes de dar las tres, oyó fuertes pisadas en la calle, rumor confuso de voces y los secos golpes de los chuzos de los serenos al apoyarlos en el suelo; notó que el ruido se acercaba lentamente y que llegaba hasta su casa y se medio incorporó jadeante y muerta de angustia y ansiedad, porque creyó que aquella patrulla se detenia en su puerta y la reconocian y aun se figuró oir decir en voz baja pero firme: «¡aquí es!...»

Al mismo tiempo creyó percibir un leve ruido por el patio, poco despues sordas pisadas en el tejado y...... nada mas por aquel lado...... pero instantáneamente sonaron en la puerta dos fuertes golpes dados con la contera de un chuzo y una voz, que reconoció por la del celador, intimando la órden de abrir.

Confusa, atribulada y llena de miedo contestó: «¡Ya van!» y levantándose encendió el candil y ya se dirigia á abrir, cuando se vió el brazo izquierdo manchado de sangre: aunque esto la acabó de trastornar, se limpió apresuradamente, fué á la puerta, quitó la tranca y al abrir, vió penetrar la acerada punta de tres chuzos y brillar el cañon de una pistola.

El celador y los serenos, al verla sola, entraron en la casa y el primero le preguntó apresuradamente por su hermano.

Cármen no podia contestar, pues su voz se anudaba en su garganta, pero intimada fuertemente por aquel, dijo al fin balbuceando, que aun no habia vuelto á recojerse.