El celador entonces, cogiéndola del brazo, la condujo hasta la puerta y mostrándole las manchas de sangre, fresca aun, impresas en ella por fuera y por dentro, así como en la tranca, le dijo que ¿quién habia podido dejar allí señalada aquella sangrienta huella sino Juan?
Cármen, ante esta prueba evidente, palpable, del crímen de su hermano, palideció intensamente y cayó de rodillas á los pies del celador, balbuceando algunas frases de súplica que este no solo no escuchó, sino que alzándola bruscamente, la hizo marchar delante de él para registrar la casa; pero colocando antes uno de los serenos en la puerta de la calle, otro en el patio y haciéndose acompañar por el tercero.
Todo esto pasó en menos tiempo del que se necesita para describirlo. Bien pronto hubieron investigado todos los rincones de la casa y ya se dirigian á la alcoba interior donde dormia el anciano, cuando Cármen, que lo creia ignorante de cuanto habia sucedido, pedia ya al celador que por la Vírgen Santísima evitara á su padre enfermo el sobresalto que esta visita y la causa de ella le habia de ocasionar; pero no pudo concluir, porque abriéndose la puerta le vió aparecer en el dintel y apoyándose en su marco, pálido como la muerte, vacilante, herizado el blanco cabello y cubierta la frente de gruesas gotas de sudor, indicando al celador, con su brazo descarnado y tembloroso, que pasara á reconocer aquella habitacion.
Este, á quien la aparicion inusitada de aquel espectro vivo, habia sorprendido momentáneamente, recordó sus deberes y penetró resuelto con el sereno, volviendo á salir al cabo de un momento sin hallar lo que buscaban.
Entonces se dirigió al patio para recojer al sereno y continuar sus pesquisas por otro lado, pero este le dijo algunas palabras al oido y variando de opinion, comunicó rápidamente algunas órdenes á los otros dos y él se quedó en el patio con el primero, esperando el resultado de su disposicion.
El anciano á todo esto, se habia adelantado paso á paso y apoyándose en el hombro de su hija, expresando su rostro una angustia indescriptible y encendida su frente por el rubor de la vergüenza, porque...... ¡lo habia oido todo y en el fondo de su alma, juzgaba á su hijo criminal!
El desenlace de aquella fatal escena, no se hizo esperar mucho: oyóse distintamente una voz que decia: «¡entrégate!» luego, un segundo de silencio, interrumpido por una detonacion: un grito de dolor, y por último, el ruido sordo que produce la caida de una masa inerte desde una altura á la calle.
«¡Mi hijo!..» «¡Mi hermano!..»—esclamaron á un tiempo el padre y la hija, lanzándose á la calle precedidos del celador y el sereno, que se habian precipitado hacia el lugar de la catástrofe.........
A unos quince pasos mas abajo de la casa, se hallaba Juan tendido en un mar de sangre, lívido, descompuesto y lanzando prolongados gemidos de dolor; rodeábanle los serenos y algunos vecinos que habian salido de sus casas al oir el tiro.
Cármen, arrastrando mas bien que conduciendo á su anciano padre, que por un prodigioso y supremo esfuerzo podia seguirla, y exhalando lastimeros ayes, se arrojó sobre su hermano, vió que de su pecho manaba la sangre á borbotones y rasgando sus vestidos procuró restañarla, pero entonces observó con espanto que aquella salia por la boca y que las sombras de la muerte iban cubriendo su faz lívida y descompuesta.